17/5/09

... a otras miradas

LVI



Sin saber qué hacer con esta noche,
imposiblemente negra.
Y el faro que solía dibujar tu contorno,
interminablemente luminoso.
Sin saber qué hacer,
aún después de no haber sabido hacer algo.
Con las noches. Sin los contigos.
No fueron las estrellas ni la luz del día
aquello que tanto me inspiró.
Antes de ti, ya me había embriagado.
No fue aquel árbol que tanto combinaba con tu pelo.
Antes de ti, ya me había muerto por inagotables desvelos.
No fue por tu culpa que busqué aquellos versos,
ellos ya me habían seducido
y habían buscado seducir
a otras miradas que me apuntaron,
antes de ti.




10/4/09

Retorno (a color)

By LVI
Gusanito extraño... y fuera del estómago.
(Temporalmente)



Tengo un miedo terrible de escribir. No encuentro otra manera para comenzar esta nota y, a pesar de estar obsesionada con los finales "definitivos", tampoco sé cómo la terminaré.

Estoy en el punto ridículo donde uno intenta volver a la rutina, contar todo lo que ha sucedido y el inevitable "ha pasado mucho tiempo". Quisiera tener la fortaleza, la certeza y el poder para prometer que seguiré aquí, que escribiré, que acabaré lo que inicie, que, no sé. Decir todo eso que se debe decir cuando se supone que hay energías renovadas, que "ahora sí". Pero esta vez no quiero mentir, no quiero mentirme, no me da la gana. Ojalá fuese así.
Lo raro es que tengo más miedo a salir de este estado como si nada. De superar todo como si no tuviese importancia y, estoy consciente; no está bien.

Quise escribir mucho. Lo hice. Estuve desconectada del mundo y no me interesó. No era necesario. Hoy quiero seguir escribiendo arriesgándome a que el mundo me lea, que lea todas estas bobadas que parecen carecer de sentido, pero que, inexplicablemente, para mí son casi todo lo contrario. Casi. Ojalá tuviesen todo el sentido, al menos, para mí. Pero tampoco.
Estoy consciente, también, de que esta ha sido la entrada más vacía que he escrito (por ahí anda la más estúpida, creo recordar).


A quienes preguntaron, aquí estoy. A los que reclamaron, todo su derecho. A los que olvidaron, si algún día recuerdan, denme la receta.
A quien se le ocurra pasar: ¿qué tal?


4/8/08

Miedo insomne

By LVI



La cama de arriba se confunde con el techo cuando apago la luz. El ventilador hace esfuerzos sobrehumanos para darme una temperatura corporal aceptable, pero no sirve. Mi sangre, otra vez, se convierte en el plato predilecto de los mosquitos, han venido a cenar a su restaurante gratuito preferido. ¿Debería sentirme bien por esto? ¿Alguien sabe?… Coloco música suave mientras llega una respuesta. Me adormezco falsamente a ver si mis ojos se comen el cuento de que estoy exhausta y deciden bajar su “Santa María” respectiva, pero se me antoja un bulto en la oscuridad… parece alguien recostado en la otra cama.
Psicodélicas imágenes me bombardean y mi paranoia grita: “¡Un duende!”, “¡Un fantasma!”, “un extraterrestre”. Cierro los ojos aturdida, pero fingiendo calma y los abro como quien no quiere la cosa a ver si el bulto sigue ahí. Y sí. Resulta que está en el mismo lugar, es real y no se ha movido. “¿Qué es eso?”, pienso, al tiempo que mis ojos se abren más, creyendo que así lograrán enfocar el objeto. Nada. Todavía percibo lo mismo y el “algo” no realiza ningún movimiento. “Mejor lo hago yo”, vuelvo a pensar, entonces, intentando ser lo más natural posible, cambio de posición en la cama-sofá.

Ahora la visión se me dificulta y obligo a la cola del ojo derecho, a vigilar al intruso, que parece tener un brazo. ¿O es que desde el otro sitio no se veía? ¿Cómo diablos puedo saberlo? Lamento no haber ido a misa. Lamento no haberme confesado después de la primera comunión. (Piensa, Laura, puede que te hayan perdonado. Han pasado más de diez años, ¿recuerdas?).
Y sí. Claro que recuerdo. Como también recuerdo que mucha gente sin alma fue la razón más pesada para que yo dejara de asistir a aquellas visitas divinas los domingos. ¿Qué quieres que haga? Yo no vendo almas, ni las regalo. De hecho, es muy difícil conseguirlas.
La discusión con mi álter ego me distrae y por instantes, me olvido completamente que hace un rato me moría de miedo. De esa “reacción irracional a los excesos de imaginación”.

Volvamos a lo nuestro. Mi prima duerme seriamente (Sí, seriamente. Se puede decir que descansa, pero es como si, hasta dormida, supiera que mañana le espera otro día de trabajo estresante). A todas estas, hago lo posible por no hacer ruidos, por bajar la velocidad de mi respiración. Busco a tientas el valor... Aparto la sábana fría de encima y me siento en el sofá tratando de medir las dimensiones de la habitación en penumbras. Sin voltear a mirar el bulto, me levanto con un brazo en el aire y acaricio la pared hasta dar con el interruptor. Lo enciendo.
El ente no identificado era un bolso con ropa de mi prima. Suspiro en un santiamén y finjo buscar alguna cosa en el armario. ¿Un libro? Me dará sueño de verdad. La libreta vieja. Sí… el estilógrafo aún tiene tinta de reserva.
Me siento a escribir y los mosquitos que se alimentaron de mí, ahora están borrachos y apareándose. Paso mi mano con la intención de espantarlos, pero al parecer, se llevaron mi sangre y mi mala suerte. Los he matado. ¿Debería sentirme bien por eso?

La música suave continúa sonando y yo, escribiendo todo aquello que alcanzo a observar, inventando cortometrajes surrealistas, convirtiéndome en verduga de insectos, aún espero una respuesta.

15/7/08

Nubes

By LVI



2:28 hrs. Habitación desconocida, ajena, acogedora y curiosamente familiar.
Es 3 de julio del año 2008, tercer milenio, siglo XXI.
Edad: el siglo sin I y dos días.


El sueño le da empujones a este cuerpo y Satanás, que una vez lució como serpiente en el paraíso, hoy se ve como una almohada corriente y benditamente cómoda. "Descansa unos minutos", intenta negociar, pero mi álter ego me conoce demasiado y se niega a darme el permiso. "Tiene que estudiar", responde secamente, como un mediodía.

Aire frío peina mi espalda a tal grado que imagino a mis lunares escondiéndose; aliándose a las pecas de mis hombros en busca de calor. La luz y el hecho de estar sentada escribiendo en cierta posición me obligan a darle la espalda a mi sombra faldera que parece descansar pacíficamente sobre el colchón donde debería haber otro cuerpo que deseara ser mi sueño, mi cansancio, mi adicción y, en vez de ser las horas (días) sin dormir quienes me persigan, sea ése cuerpo, pues, el que me dé esos empujones hacia las nubes de plumas.


26/6/08

"Uno debería aprovechar la poesía"

Otra vez publicando cosas sin permiso de sus autores, pero no importa. De antemano pido perdón al señor Agudelo por si alguna vez se entera que lo he hecho y considera una ofensa la presencia de algún poema suyo en este recóndito e intransitado blog...


Uno debería aprovechar la poesía
para hablar mal de la familia
burlarse un poco del Edipo
destrozar con ironías a todas la tías del mundo;
la que quiso que aprendieras guitarra,
la que te hizo recitar en las visitas,
la que te recomendó las vitaminas,
la que te regalaba galletitas hechas en casa.
Uno debería aprovechar el poema
para hablar horrores de los amigos;
de uno que tiene al alma seca,
de otro que se engordó y tiene dos hijos naturales
y algún día les dará su apellido,
del que se acuesta con la mujer que te gusta
o del que te llama a media noche,
del otro que tiene mal gusto y además es moralista.
Uno debería aprovechar la poesía.
Pero no.


Darío Jaramillo Agudelo.

17/6/08

Círculo vicioso

[Transcrito directamente de una hoja]

Por poco olvido el placer casi sexual de escribir. Hice un juicio y declaré culpable a mi hipnosis por la tecnología. Mis manos se volvieron amantes de los teclados con el alfabeto organizado por un tipo con gafas gigantes y siete bolígrafos en el bolsillo de su camisa a cuadros de mal gusto.


Había lanzado toda esta magia a un agujero negro. Fui incapaz de recordar cómo se tensaba mi antebrazo derecho cuando era más adolescente y hacía que alguna página inocente pagara por cualquier injusticia del hogar o del mundo. Y cómo o con qué intensidad enrojecían cuatro dedos de mi mano ahorcando un lápiz de madera tan largo como mi cuarta -cosa que también había borrado mi peligrosa memoria-.
Además, la increíble y atractiva textura de una hoja por detrás, luego de haber volcado un rato de furia o felicidad en ella por el lado opuesto.
Y después, el aroma a grafito, madera, pintura y goma cuando el lápiz era devorado por mi dentadura mientras pensaba maneras de no sonar tan cursi, o me perdía en una ensoñación que nada tenía que ver con lo vivido.

Compré una caja de lápices con la intención de reemplazar al desgastado y adictivo teclado del ordenador.
Utilizo las hojas que quedan de una libreta del semestre pasado. No sé, todavía, si para darle un tono humilde o porque me gustaba mucho el blanco de sus páginas.
Cerca, pero con poco volumen, cantan Sabina, Silvio, Arjona, Cepeda y unas bandas de rock alternativo pasadas de moda. Los escucho luego de haber tomado una ducha caliente, de esas que disuelven demonios, rabietas; inutilidades a las que le damos una importancia que no ameritan. De lo único que me quejo es que, al abrir la puerta, regresas a la misma dimensión de antes porque una odiosa brisa fría se aferra a tu cuerpo, como el melancólico familiar que te espera cuando llegas de algún viaje.

Me he vuelto más cerrada y ya no escribo como antes. Probablemente me contagié de adultez aburrida. No me emocionan las mismas cosas, me avergüenzo de mi pasado, lloro si bebo, tengo muchas ganas de correr y no encuentro un motivo que las justifique. Sólo hay una cosa que tal vez jamás cambiará. Y es el hecho de lograr sentirme parte del resto de la gente (luego de exagerados esfuerzos) y que, justo en el mejor momento; cuando disfruto, río, converso y me uno a la multitud, me vuelven a dar más razones para ser como era. Como he sido.
Como soy.